CAUTIVERIO GUARANI EN EL CHACO
Por la noche los guaraníes hablan con la naturaleza. Apoyados en los troncos que sostienen sus chozas oyen el eco nocturno del Chaco y contestan con sonidos de onomatopeya:guyra llaman al pájaro, mboi nombran a la víbora. La noche fresca es para ellos y sus sueños; el vaho húmedo y ardiente del día es para el trabajo.
LA PRENSA
Desde las cinco de la mañana, los guaraníes abandonan el camastro —a veces de palo, otras de hierro— instalado en el patio de las chozas y que sirve para toda la familia. Despiertos arrían a las adormiladas vacas petrificadas sobre el granito rojo del camino. Los chivos y los cerdos se comen todo lo que imprime color: ramas bajas de tajibos, churquis, sotos y algarrobos, y los niños, que bordean las quebradas para encaminarlos, se alegran estirándoles las colas.
Sus madres acarrean agua a las cocinas de las haciendas, y el tiempo para los guaraníes fluye lento y casi en silencio, cuidando propiedades de otros, vigilando animales ajenos, sembrando y cosechando en tierras extrañas.
EN LAS HACIENDAS
En el mundo atrasado y sin electricidad (si no se tiene un motor propio) de las haciendas del Chaco, el único vestigio de modernidad son los caminos: polvorientos en tiempo seco y ríos de caudal espeso en época de lluvia.
Ahí las relaciones de trabajo también son rudimentarias, las labores comprenden actividades de cuidado de las casas de los patrones, faena bautizada con el nombre de “cacerío”; el cuidado de potreros, granjas de animales; el “campear” o el “vaquerío”, que es pasteo del ganado vacuno, además de otras faenas de mantenimiento y limpieza de la tierra, conocidas como carpir, sin contar la siembra y la cosecha, de acuerdo con la temporada.
Rogelio Molina, empleado de la hacienda Iguembito, ubicada en el municipio de Huacareta, en la provincia Hernando Siles del departamento de Chuquisaca, cuenta —en un acento mezcla de castellano del Chaco y guaraní—: “Treinta y tres años he trabajado aquí, para Federico Reynaga (propietario), como mi padre trabajó para el padre del hacendado”.
En este tiempo, Rogelio comenzó ganando tres bolivianos como vaquero o cuidador de ganado vacuno. Para mantener a sus 13 hijos lograba una renta de 200 ó 150 bolivianos: “Me descontaba lo que sacábamos arrocito, eso anotaba”, dice, y recuerda que las labores domésticas realizadas por su esposa en la hacienda nunca merecieron reconocimiento alguno. “Ni un centavo, nunca le han pagado”.
Sedados por el calor de mediodía, Fortunato Silva y Victoria Méndez, padres de ocho hijos, se apoyan contra la cerca de madera y alambre que delimita la hacienda en la que trabajan y explican, en un guaraní cerrado y puro, que en la hacienda de Crispín Pérez, ubicada en Huacareta, por sus faenas reciben uno o dos kilos de arroz.
Nunca percibieron dinero. Para mejorar en algo la situación, la familia accedió a “caceriar”, por diez bolivianos al día, el terreno de Amelia López; por eso ella, su esposo y sus vástagos caminan una hora y media cada día, dejando a un miembro de la familia al cuidado de su casa.
Después de reconocer la región del Chaco, se hace evidente que está llena de realidades de ese tipo; de condiciones precarias de trabajo y —por consiguiente— de vida, de familias guaraníes sometidas a una situación laboral signada históricamente por el abuso y por la marca de la servidumbre y el patronazgo, que las ha hecho cautivas en su propia tierra, prácticas aún vivas en las provincias Luis Calvo y Hernando Siles del departamento de Chuquisaca; Cordillera de Santa Cruz y Gran Chaco de Tarija.
Los términos laborales que se conocen obedecen a “arreglos” por un pago jornal incomprensiblemente saldado una vez al año. Situación que no sólo varía de acuerdo con la hacienda, sino de acuerdo con condiciones de género y etarias: las mujeres ganan la mitad que los hombres, y los niños y los ancianos la mayor parte de las veces no ganan nada.
Además, los “ajustes” son el resultado de la suma en la que se consignan ítems como “adelantos” o “pedidos” de víveres, que por lo general arrojan cifras rojas para los empleados guaraníes, por lo que terminan con deudas en lugar de ganancias.
NEXOS PERPETUOS
Las cocinas de las haciendas se repiten una tras otra: paredes de adobe llenas de hollín, ollas de aluminio sobre las conchas de barro que hacen de hornillas y una fila de tres o cuatro mujeres pelando maní, cociendo maíz, lavando yuca, trayendo agua limpia, llevando agua sucia, cada día, durante toda la jornada, como Virginia Molina, empleada de la propiedad Iguembito, quien trabajó 12 años levantándose a las cinco de la mañana.
Desde niñas, las mujeres comienzan como empleadas de la casa o niñeras y los hombres como mozos de mano, es decir, realizan mandados menores para los hacendados. La situación jurídica de los niños y menores de edad es incierta, pues muchos se encuentran sujetos a los patrones mediante inciertos nexos de padrinazgo.
“Yo les he criado, su papá y mamá han muerto, y se han quedado con nosotros”, explica Humberto López, propietario de la hacienda El Vilcar, e indica que ésa es la razón de que tenga una familia de guaraníes a su servicio. Por esto, las relaciones de servidumbre se difuminan con las relaciones de parentesco: “Ya me he acostumbrado a ellos (a los patrones) como papá, como mamá, como abuelitos.
Aquí nomás me quedaré con los abuelitos hasta que se mueran”, se resigna Eriberta Montes, guaraní que creció en el predio y que ahora tiene seis hijos, que tal vez sean otro eslabón más que perpetúe el trabajo de su madre y sus abuelos.
Sin embargo, la amabilidad del trato entre empleador y empleado tiene límites concretos, cuando se ve el traspatio en el que Eriberta y sus vástagos duermen, ahí los cueros de oveja les sirven de camas. Ante esto suena hueca la promesa del hacendado de brindarles tierra para levantar una casa.
En otros términos, la “crianza” de los niños implica el inicio temprano de la faena en las haciendas, como Virginia Parare, hija de trabajadores de la propiedad Iguembito, quien comenzó de niña como doméstica y a los 15 años se volvió cocinera. Un ejemplo más evidente es el de Rosi Silva, empleada de la hacienda Voyguazú, de Juan Ortiz; ella y su hermano menor fueron “cedidos al patrón”: “Mi mamá nos ha entregado a los dos, mi hermano se ha quedado con el patrón y tiene 12 años”. —¿Y tu hermano no quiere dejar el predio? “También quiere salir pero no lo dejan, él quiere estudiar”.
Con el tiempo el mundo de los niños es igual al de los adultos. Los hijos de Fortunato Silva: Carmelo, de ocho años, y Miguel, de diez, responden
—mientras se toman un descanso— que después de carpir los terrenos de Amelia López se ocuparán del cuidado de los animales. —¿Cuántos animales debes cuidar? “Cuántos serán pues, son vacas, caballos, gallinas, pavos”, enumera Miguel. —¿Y van a la escuela? “No, no va nadie”. —¿Y prefieres el colegio o prefieres carpir? “Prefiero carpir”, contesta, entonces se incorpora y escupe entre sus manos para asir el mango de la picota.
DE UNA PROPIEDAD A OTRA
El traslado, de una hacienda a otra, de miembros de familias guaraníes es evidente. Este hecho es explicado por los hacendados como actividades ordinarias: “El muchacho, criado de mi hija es”, cuenta Humberto López, propietario del predio El Ojo, quien ha enviado a un empleado a otra hacienda, y añade que los trabajadores “saben que son libres”.
Pero libertad es un término que algunos guaraníes han desterrado de su léxico, como Eligio, cuya edad y apellidos ha olvidado irremediablemente. Toda su vida la ha dedicado a las haciendas.
“Hacía leña, carpía, era ovejero en la casa de don Cipriano López, luego con su hermana Nelly (López) y ahora con don Humberto López, su primo”, contesta en su lugar Eriberta Montes, mientras el anciano mece como puede una olla de agua hirviente que será su almuerzo del día.
Para él, la indolencia va más allá, pues los patrones guardan los papeles que le permiten cobrar el Bonosol y también tienen los documentos de identificación de los seis hijos de Eriberta, retención que no se condice con el espíritu de libertad que pregona el hacendado, sino que se apega más a condiciones reales de cautiverio.
LA TIERRA PROMETIDA
En Alto Parapetí, ubicado en la provincia Cordillera, entre los municipios Cuevo y Lagunillas, existen 19 comunidades guaraníes y 17 haciendas, según el diagnóstico del Ministerio de Justicia. De éstos, 13 se constituyen en “grandes propiedades” que exceden las 300 ó 400 hectáreas. Uno de estos terrenos pertenece a René Chávez. A él también le corresponde la comunidad de Itakuatia, que alberga a más de 50 familias en un predio de 20 hectáreas. Fidelina Corrales y sus diez vástagos ocupan apenas 40 metros cuadrados en el lugar.
“Soy madre de diez hijos. Mi esposo trabajaba como mozo toda su vida. Teníamos chanchos, chivas, gallinas y no nos dejaban criar, nos lo baleaban porque no tenemos tierra”, grita Fidelina en un castellano pedregoso y continúa en un guaraní perlado que fluye como sus lágrimas: “Les digo con toda rabia, con todo dolor, el propietario se adueña de las cosas”.
Itakuatia es una de las poblaciones que se autodenominan “cautivas”. “Decimos cautiva porque no es libre, no es propia, es del patrón”, reclama Félix Baya, capitán grande de la Capitanía de Alto Parapetí. Por eso, para ellos es irreal pensar en un futuro que no comience por tener tierra propia, palabras quiméricas cuyo único sentido es lograr la libertad colectiva. “Construir escuela es prohibido, construir casa es prohibido porque todo es privado. Si uno reclama, le dicen: ‘Salga de aquí, esto no es comunidad, es privado”.
No muy lejos de Itakuatia, la realidad es la misma para muchas de las 67 localidades asentadas en los municipios de Monteagudo, Villa Vaca Guzmán, Huacaya, Macharety y Huacareta. Julián Díaz, concejal guaraní de este último municipio, explica que el proceso de “liberación” de las comunidades es muy complicado, pues primero se debe solucionar el problema de la servidumbre, después se trataría la liberación de familias y posteriormente se planificaría un asentamiento.
El planteamiento no descarta una errónea compra de tierras, “porque en realidad el proceso de saneamiento no ha logrado determinar áreas fiscales. Y si hay tierras, hay muy poco. En los recortes (de propiedades extensas) sí hay, pero hay que hacer trámites para hacer conversión a la TCO (tierra comunitaria de origen) y es un proceso largo”, culmina Díaz.
La comunidad Yaire de Añimbo ha demostrado que el proceso puede ser largo pero no imposible. Esta comunidad “libre” alberga a más de 40 familias “rescatadas”. “Es gente que estaba en las orillas del (río) Pilcomayo, familias de hacienda, o que han venido de otras zonas o que han sido botadas”, explica el capitán mayor de la población, Fausto Ibáñez. Las seis hectáreas de tierras que ocupa Yaire pertenecían a Baldemar Peralta; ahora es un área titulada y revertida perteneciente al municipio de Huacareta y seguramente cobija los sueños gratos de los guaraníes que la habitan.
GUARANÍES LIBRES Y CAUTIVOS
La información sociodemográfica respecto de los guaraníes en el Chaco es diversa y, por lo mismo, confusa. En la provincia Luis Calvo del departamento de Chuquisaca se calculan unos 4.000 y en Gran Chaco unos 3.000 ó 4.000, según los datos de recopilación bibliográfica de Aipota aiko chepiaguive cheyambae (2006). En tanto que, según el Censo de 2001, la misma provincia contaba con aproximadamente 8.000 indígenas.
En cuanto a la región de Huacareta —municipio de la provincia Hernando Siles—, visitada por Domingo, se tiene, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), 3.973 habitantes como población indígena. Por otra parte, en 1986 la provincia Cordillera de Santa Cruz contaba con 18.302 guaraníes.
LOS CAUTIVOS
En 1996, el Consejo de Capitanes Guaraníes de Chuquisaca (CCCH) contó en las dos provincias chaqueñas de ese departamento 106 haciendas y 773 familias cautivas. En 1999, la misma organización estableció 121 propiedades y 578 familias bajo “esclavitud”.
Otro estudio del Ministerio de Desarrollo Sostenible (2005) indica que en Alto Parapetí existen 2.336 habitantes guaraníes, de este total se cree que 449 familias son cautivas, mientras que 200 familias estarían en la misma situación en la zona de Huacareta.
El proyecto Tierra (2005), citando otro diagnóstico de la CCCH, estableció que en las zonas de Añimbo, Huacareta, Muyupampa, Ingre y Boicobo se tenían 39 haciendas que mantenían a 157 familias empatronadas, lo que hacía un total de 942 personas viviendo en calidad de servidumbre.
En cuanto a la organización de los guaraníes, según la Asamblea del Pueblo Guaraní (APG), en los tres departamentos chaqueños se tienen 25 capitanías, que corresponden a 320 comunidades guaraníes.
LAS PROPIEDADES DE LOS HACENDADOS
Las propiedades del Chaco, en la mayoría de los casos, albergan haciendas de herrumbre, mantenidas no por otra cosa que el detentar el poder sobre la tenencia de tierra, entre los indígenas primero y ante el Estado posteriormente.
En 2005, un equipo interinstitucional conformado por el Defensor del Pueblo, el Proyecto de Pueblos Indígenas y Empoderamiento del Ministerio de Justicia y el Consejo de Capitanes Guaraníes de Chuquisaca realizó un diagnóstico sobre 50 haciendas en el Municipio de Huacareta, en Chuquisaca.
Una primera constatación del estudio es que en cualquier recorrido que se haga por las haciendas del Chaco es recurrente oír los apellidos López, Reynaga, Salazar, Chávez, Ferrufino o Álvarez, entre otros. Esto demuestra la concentración de tierras en poder de clanes.
Los tamaños de estas propiedades oscilan entre 50 y 7.000 hectáreas, sumados los totales de las extensiones de 45 propiedades se tienen 72.415 hectáreas ocupadas.
En cada hacienda se crían entre 30 y mil cabezas, aproximadamente. El total de ganado sumado hace 11.486 cabezas. Dice el estudio que si se hace una relación de cantidades, el promedio de tierra es de 1.609 hectáreas y 255 cabezas de ganado por propiedad.
Añade también el trabajo que en este mismo recorrido se recogieron los datos de 12 comunidades, 11 de las cuales arrojan un total de 21.224 hectáreas para repartirse entre 400 familias guaraníes; lo que hace un promedio de 53 hectáreas por núcleo familiar.
Un dato relevante es que en 2001, mediante proyecto de compra de tierra para los guaraníes, se “revirtió” una extensión total de 22.871 hectáreas en Santa Cruz y Chuquisaca, adquiridas por 588 mil dólares para 514 familias de la misma etnia.
EL PRIMER PAGO REAL
El dinero esquivo y mítico por fin llega a los guaraníes. Producto de conciliaciones laborales, el Estado boliviano e instituciones como la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y el Proyecto Pueblos Indígenas y Empoderamiento, financiado por la Cooperación Suiza, lograron que se hiciera efectivo un primer pago de 23.300 bolivianos, el 6 de noviembre de 2006, a ocho trabajadores de la hacienda Casa Alta, ubicada en el municipio de Huacareta, propiedad de Román Reynaga.
El capital que las familias han recibido oscila entre los 1.800 y 6.000 bolivianos, dinero suficiente para materializar modestos sueños, como los de Germán Cruz, empleado de Casa Alta que indica que con el dinero comprará un colchón y un catre, que reemplazará al viejo camastro y que seguramente pondrá cómodos a su esposa y sus ocho hijos.
El vaquero de 23 años Juan Carlos Barrios usará sus 3.500 bolivianos para adquirir víveres y “pantaloncitos” para sus tres hijos, además de comprar chanchos para llenar de vida su potrero de media hectárea.
Sin tener el dinero aún en sus manos, Virginia Molina, empleada de la hacienda Uguembito, de propiedad de Federico Reynaga, no entiende cómo de los 400 y 300 bolivianos que ganaba al año ahora recibirá 10 mil. “Puerta para mi casa voy a comprar, material para la escuela también”.
Las ambiciones justas de Rogelio Molina y de su hermano son comprar la tierra en la que viven, fabulando en la nada hace cuentas y dice: “Me debe 35 mil (bolivianos) de treinta años de trabajo, queríamos comprar tierrita, si él (el patrón) se animaba a vender hectáreas, quería proponer que esa tierra nos dé, mi idea así era, casi le he dicho así y no me he animado. Yo no sé qué me diría”, suspira ante el deseo.
De las 53 haciendas grandes, a la fecha se ha logrado conciliar procesos de pago con el 70 por ciento de los propietarios, pero algunos todavía rehúyen a su responsabilidad. Humberto López, propietario del terreno Vilcar, dice que las cuentas no le salen si debe pagar 500 bolivianos a sus empleadas. “Yo prefiero que se vayan”, reniega.
Mientras, Jaime Quintana, dueño de la hacienda Tacurbite de zona Añimbo, frustrado por la deuda que ha contraído, grita: “¡Que vengan (los guaraníes) y se lleven el ganado, tengo 18 vacas (para saldar la deuda)!”.
En la desesperación, otros propietarios han procedido a parchar la situación con la elaboración de documentos que los liberen de su deuda, como Wálter Cabezas, de la Hacienda El Ojo, quien firmó una “aclaración de relación laboral” con sus siete empleados. Según el documento, el trabajo era realizado “sólo en temporada agrícola”.
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