La oposición en su laberinto
El Deber
Leonardo Tamburini / Director del CEJIS
El desenlace de esta fase del proceso constituyente, con la aprobación en detalle del texto de la Constitución Política del Estado, deja algunos elementos que explican la dimensión y la profundidad de la crisis por la que atraviesa la oposición política boliviana.
Su base más representativa, el movimiento cívico cruceño, llegó al punto máximo de acumulación social y claridad política en el cabildo del 15 de diciembre de 2006, que renació de una huelga derrotada, articulando la presión social con un discurso legalista, enmarcando la demanda autonómica en el escenario constituyente, rescatándolo de las garras de los radicales y ofreciéndose como alternativa política de derecha más allá de Podemos.
Así se obtuvieron los 2/3 e incluso la onda expansiva llegó a imponer una ampliación de la Asamblea hasta diciembre, con artículos que garantizaban un proceso pactado donde se obtendrían elementos fundamentales de sus reivindicaciones más importantes. Sin embargo, éstos erraron con la designación de oscuras figuras para afrontar este periodo.
Con Marinkovic y otros tenebrosos personajes perdieron imagen y proyección nacional. El oficialismo, pese a sus complejidades, trabajó más y mejor para acercarse al centro político, sin duda ganado por Unidad Nacional y un conjunto de agrupaciones pequeñas, que fueron espantadas por un radicalismo secante y dominado por las posiciones regionalistas extremas.
Esto último fracturó la oposición y la aisló en sus enclaves regionales, tirando por la borda lo acumulado en diciembre de 2006. Pero es difícil ejecutar una estrategia política cuando los objetivos son la negación y la ausencia de un proyecto que defender.
No apostó a cambios o transformaciones importantes; la propuesta presentada a la Asamblea fue la actual Constitución más los artículos sobre autonomías y no mucho más: la conservación absoluta, el No a cualquier cambio sustancial al orden establecido.
Los movimientos sociales, en cambio, que utilizaron el MAS y otras agrupaciones para posicionar sus demandas, trabajaron innumerables alternativas para hacerlas viables a una posible negociación.
La actual Constitución es fruto de un proceso en construcción que nunca se detuvo: la oposición cambió estrategias, pero sus propuestas fueron definidas antes del inicio de la Asamblea, las cuales se mantienen imperturbables hasta hoy.
Peor aún, diseñaron planes de contingencia para escenarios preestablecidos que nunca se dieron, como el improcedente del Estatuto Autonómico vía referéndum departamental. Aislados y sin muchas ideas, apostaron por el caos y la desestabilización para hacer abortar la Asamblea, atizando la guerra civil, la confrontación regional y el racismo, que llegó a lo más bajo con el discurso del prefecto Costas en Viru Viru.
Sólo lograron ampliar la base política del MAS permitiéndole asestar un doble golpe: el económico, con la renta Dignidad, y el institucional, con la Constitución, en los dos escenarios democráticos y bajo reglas liberales. De paso los desafió: referéndum revocatorio para todos. Vergüenza pasaron quienes visitaron la OEA y la ONU: calificar como ‘régimen totalitario’ a un país gobernado por un Presidente indígena, que a través de una Asamblea Constituyente reconoce más derechos que los propios convenios internacionales de Derechos Humanos, sonó a chiste de mal gusto, como bien se los hizo notar Insulza, quien, claro, no mira Unitel.
La oposición tiene un solo camino para encontrar la salida de su largo laberinto: reconocer su derrota política y someterse a los canales institucionales que le marca la ley.
Si hay cosas buenas de la democracia es que siempre da oportunidades para redimirse.
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