Las interpretaciones del 61% o el juego tirano de los números
Ximena Soruco
Responsable de Investigación
Fundación TIERRA
Al parecer las interpretaciones sobre las cifras electorales son más importantes que los resultados en sí, y es que pueden construir y destruir el significado de democracia y nación.
En el sistema democrático boliviano o de cualquier país del mundo una elección (de candidatos, constituciones, leyes) se gana con mayoría absoluta (la mitad más uno) en el mejor de los casos, y se crean mecanismos para viabilizar la victoria cuando sólo se obtiene mayoría relativa.
Así desde 1985 ningún presidente boliviano obtuvo más de 34% y todos realizaron un acuerdo en el congreso para lograr su designación, hasta el 2005 cuando Evo Morales gana con el 54%, cifra histórica, solo similar a la obtenida por Víctor Paz Estenssoro en 1964.
Como la segunda elección se mantuvo tan alta (58% al No en el referéndum por autonomías de 2006) ya pensamos que la mayoría absoluta era poca cosa, y agregamos el requisito de los dos tercios en la asamblea constituyente.
El 67% del referéndum revocatorio de 2008 hinchó aún más nuestra voracidad numérica, y hoy pedimos unanimidad (90 o 100% de acuerdo) para la constitución.
Por eso es que no nos sorprende la interpretación actual del "empate" del referéndum por la constitución, aunque tenga un sentido ambiguo ¿empata el 61% nacional con el 65% del No en Santa Cruz, pero estaríamos hablando de 2.06 millones de votos contra 477 mil votos? Y si hacemos esa comparación con el total nacional por el No, ¿empatan 2.06 millones por el Sí con 1.29 millones por el No, pero dónde quedan los 770 mil votos de diferencia?
Ahora si consideramos que la regla democrática de la mayoría absoluta, aplicable en todo el mundo, no es suficiente, ¿qué lo es, dos tercios o tres cuartos o mejor cuatro quintos, pero si ya vamos en esas, por qué no unanimidad? De eso se trató gran parte de la discusión en la asamblea, desgastándose en la disputa por el procedimiento de toma de decisiones, para deslegitimar la mayoría absoluta.
Si antes nunca debatimos los problemas de legitimidad de la mayoría relativa (un presidente fue el tercer candidato escogido), hoy la mayoría absoluta es el problema y la causa de la supuesta ingobernabilidad. ¿Pero cuándo es más viable una opción política sino cuando alcanza 50 más 1? Y no se trata de que no contemos la minoría, esta es fundamental para la democracia porque genera propuestas alternativas y evita que el sistema político se cierre en sí mismo al pugnar por convertirse en nueva mayoría.
Pero la oposición tampoco ha sido coherente en su defensa de la minoría porque también apela a una mayoría espacial. La "media luna" es una construcción territorial de "mayoría"; así siempre se dice 5 departamentos contra 4, o se muestra el mapa de dos tercios del territorio (y con recursos naturales apetecibles). ¿Cómo puedo apelar al criterio de minoría y mayoría al mismo tiempo sin aparecer contradictorio? Sólo cuando la apelación se basa en mi conveniencia y la de nadie más.
Y el pensar únicamente desde mí mismo tiene la consecuencia de impedirme pensar el todo, en este caso la nación.
Así, ahora que la "media luna" no es un bloque tan compacto, se sigue una lógica de fragmentación departamental.
No importa que el sí ganara en todo el país, si no ganó en mi departamento la NCPE no se aplica, es ilegítima.
Pero si la ley de convocatoria al referéndum habla de resultados nacionales, ¿por qué hacer válido el criterio departamental y no el provincial o municipal, o incluso distrital y hasta individual? Qué tal si mi hijo dijo sí, ¿para él es aplicable la constitución y para mí no?
Pero entonces nos tocaría decidir candidatos, constituciones y leyes para cada uno y el criterio de individualización impediría cualquier unidad social. De ahí que se llegue a la conclusión de inviabilidad nacional.
Y en esta lógica perversa de la derrota electoral se encuentran dos extremos: si la constitución no tuvo 100% de aceptación no es legítima y si dije No (como persona, distrito, municipio, provincia o departamento) tampoco lo es.
Entonces nada va a ser legítimo, porque o se elimina el desacuerdo o se lo fragmenta en republiquetas cada vez más pequeñas hasta alcanzar la única unanimidad posible, la de mí mismo (excepción: personalidades múltiples).Y ahí seré mi constitución, mi ley, mi propio soberano, sin posibilidades de coexistencia con los demás seres humanos.
Porque el otro, que nunca estará de acuerdo conmigo en todo porque no es Yo, acabará insultado, golpeado o muerto.
La democracia entonces se confunde con unanimidad (que es un individualismo exacerbado) y se hace totalitaria. O todos aceptan la constitución o ninguno lo hace (bloqueo por minoría), o mi región no acepta la constitución aunque las demás sí (bloqueo por mayoría "interna").
Entonces la minoría demográfica que se presenta como mayoría espacial deja de ser la responsable de proponer alternativas y fortalecer la democracia y se convierte en el niño déspota que si no gana se lleva la pelota.
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